domingo, 12 de diciembre de 2010

Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes (1991)




Precioso libro que nos cuenta, básicamente, como en esta vida una persona sola, así tomada, de una en una, es como polvo, no es casi nada. Delibes nos narra sobria y profundamente el poderío del amor y del enamorarse, la fuera del sentimiento verdadero y desbordante, de la racionalidad y del sufrir lastimante ; de la vida en definitiva, del proceso vital y de las maravillosas y complejas personas que podemos llegar a ser, a veces, los seres humanos. magnífico Delibes, con esa tristeza melancólica y profunda que tanto lo caracteriza y que denota esa máscara eterna de una felicidad imposible en estos tiempos que le han tocado vivir. Sensibilidad extrema de un hombre-escritor gigante. Unas frases y un tema para escuchar mientras las lees:


- Una copa acartona el recuerdo, pero, al propio tiempo , convierte la  onerosa gravedad de tu cuerpo en una suerte de porosidad flotante... pasado el trance, sobreviene el decaimiento.
- Ella era equilibrada, distinta; exactamente el renuevo que mi sangre necesitaba.
- A mí, que era su contrario me maravillaba su capacidad de adaptación.
- Pero también su sensibilidad, que tan hábilmente disfrazaba de audacia.
-Tenía una imaginación espumosa.
- Había en ella una suerte e deslumbramiento infantil ante lo nuevo-bello que rayaba el fetichismo.
- Veía más allá que el común de los mortales; tenía el ojo enseñado a mirar.
- Es una de las limitaciones más crueles del ser humano. La vida sería más llevadera si dispusiésemos de una segunda oportunidad.
- En la vida has ido consiguiendo muchas cosas, pero has fallado en lo esencial, es decir, has fracasado. Esa idea te deprime profundamente.
-Yo recuerdo ese día como vivido dentro de otra piel, desdoblado.
- Es claro que son visiones producidas por el alcohol, pero me valen: ya no puedo vivir sin esas visiones; lo que nunca consiguió el alcohol es borrar el recuerdo de aquel beso de hielo sobre se frente muerta.
-Yo mismo ignoraba como había solventado las dificultades que ahora veía resueltas en el cuadro. Me asombraba de mi propia maestría. Tan ajeno me sentía que de esas obras solía decir que las habían pintado los ángeles, que mi mano sólo había cernido de instrumento, de médium.
-Yo he sido feliz 48 años; hay quien no logra serlo cuarenta y ocho horas en toda su vida.
-Quizás fue su capacidad para sorprender lo que me deslumbró de ella, lo que a lo largo de los años me mantuvo tenazmente enamorado de ella.
- Se olvidaba del aire estancado en su cerebro.
-Dentro de la cabeza, salvo un par de ideas, no podía haber nada benigno.
- Me dejó la amarga impresión de que lo que había visto a través de su pupila estancada era la sombra de la muerte.
- La faz del doctor estaba yesosa, desencajada.



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